Un clásico barato puede salir carísimo. La diferencia casi nunca está en el color ni en los kilómetros: está en la chapa que no se ve y en si existen recambios para ese modelo.
Parece lo aburrido y es lo que más compras frustra:
Bastidor y, si el modelo lo lleva, número de motor: que coincidan con la documentación y que no se vean golpeados, repintados ni remachados de forma rara. Un número ilegible es motivo para levantarse e irse, por muy bonito que esté el coche.
La pintura engaña; el óxido estructural no perdona. Con una linterna y sin prisa:
Un imán envuelto en un trapo delata masilla en grandes cantidades. Un medidor de espesor de pintura, si lo tienes, cuenta la historia completa de la carrocería en cinco minutos.
Dos coches idénticos en estado pueden tener presupuestos de restauración con un cero de diferencia según lo fácil que sea encontrar piezas. Antes de comprar, busca en el mercado si aparecen piezas de motor, embellecedores, gomas y cristales de ese modelo concreto. Un coche raro es una joya hasta que necesitas un piloto trasero.
Aunque sea corta. Que alcance temperatura, que se pueda frenar a fondo una vez, que no tire a ningún lado, que el cuadro no encienda cosas raras. Un vendedor que no deja probar el coche está contando algo sin hablar.
La cuenta honesta es: precio del coche + lo que hay que hacerle para que sea fiable + lo que hay que hacerle para que esté bonito. En un clásico, las dos últimas partidas suelen superar a la primera. No es un motivo para no comprarlo —es un motivo para saber dónde te metes.
Hacemos revisión previa a la compra: el coche sobre el elevador, un repaso completo y un informe hablado con lo que hemos visto y lo que costaría dejarlo a punto. Sale mucho más barato que descubrirlo después. Si el coche está lejos, al menos manda fotos de bajos y pasos de rueda antes de mover dinero.
Tráelo y lo miramos sin compromiso. Te decimos lo que tiene y lo que costaría, antes de tocar nada.
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